Unos libros, una maleta, y muchos viajes en barco

Inicio > Blog Bibliotecas y archivos > Unos libros, una maleta, y muchos viajes en barco (10)

Unos libros, una maleta, y muchos viajes en barco

Crónica de un proyecto bibliotecario en las islas Galápagos (10 de 12)

 

[Descargo de responsabilidad: Este texto ha sido elaborado como una narración de la experiencia personal y profesional del autor durante su estancia en las Islas Galápagos, trabajando incidentalmente para la Fundación Charles Darwin (FCD). Refleja exclusivamente las opiniones y posiciones del autor. La FCD no se hace responsable de dichas opiniones y posturas, y la información sobre la FCD se proporciona sólo como contexto del relato].

[El texto completo de Unos libros, una maleta, y muchos viajes en barco puede descargarse desde Acta Académica].


— X —


Cuando, una semana después de mi llegada, ya algo dopado por el imprescindible "anautín", enfilo mis pasos hacia el muelle para subirme a la "fibra" que me devolverá a Puerto Ayora, llevo un runrún en el fondo de mi cabeza: una mezcla de las muchas voces que he escuchado, junto a la mía propia y al aluvión de ideas que me han ido surgiendo durante mis caminatas solitarias por las calles nocturnas de Villamil, por las arenas de Playa Larga o por los caminos del Parque Nacional.

También llevo la imagen de una tropa de cangrejos colorados y azules correteando por piedras negras como el carbón, y la de un ostrero volteando lapas en la arena al atardecer, y la de un pelícano enorme que pasó a un metro por encima de mi cabeza en vuelo rasante y casi me mata del susto. Llevo el sabor del bolón local —esa delicia hecha de plátano horneado, machacado y amasado con queso y chicharrón— y el del agua de un coco que me bebí en un destartalado barcito playero, mientras escuchaba las historias de un grupo de isabeleños que bebían cerveza y caña manabita. Llevo también las lágrimas que se me escaparon cuando estuve frente al "Muro de las Lágrimas", una descomunal muralla de rocas volcánicas alzada por los prisioneros que vivieron en la colonia penal de Isabela hace medio siglo, y que allí murieron, víctimas de malos tratos, negligencias y olvidos.

Y llevo la esperanza de que una biblioteca pueda ayudar, de alguna manera, a recoger todo eso, todos los lugares y las vidas, todas las redes de saberes y recuerdos, todas las historias, y salvaguardarlo para las generaciones que están por llegar, y utilizarlo para las que están luchando ahora.

Apoyado en la baranda de madera del muelle, mientras espero la llegada del taxi acuático y miro distraídamente los movimientos elegantes de una tortuga marina que asoma su cabeza para respirar, decido que vale la pena intentarlo, y que un sistema de bibliotecas móviles —bibliotecas viajeras, las llamaré, definitivamente— puede llegar a ser un buen puntapié inicial. La tortuga se zambulle, y yo comienzo a bajar la rampa hacia el bote que ya está llamando a los viajeros.

[Continuará...].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 05.09.2023.

Foto: Aves marinas en Playa Larga, Puerto Villamil, isla Isabela. Edgardo Civallero.

Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias, borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas. Pero también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso de una idea, de un sueño o de una esperanza (E. Civallero. Cabecera del blog Bitácora de un bibliotecario entre 2004 y 2014).

© Edgardo Civallero | Copyright y condiciones | CC by-nc-nd